En el fondo del Estrecho de Gibraltar, un cable submarino de 29 kilómetros une a España y Marruecos, desempeñando un papel crucial en la energía del país africano. Esta conexión se convierte en un tema candente en momentos de crisis, como la reciente ola migratoria que vivió Ceuta entre el 30 y 31 de julio, cuando alrededor de 70,000 personas cruzaron irregularmente hacia suelo español, tensando las relaciones entre ambas naciones.
La infraestructura, conocida como REMO, fue concebida en los años 80 con el objetivo de estabilizar la red de electricidad marroquí y facilitar el intercambio energético entre ambos países. Desde entonces, se han instalado dos líneas de alta tensión: REMO I a finales de los 90 y REMO II en los 2000, cada una con capacidad de 700 MW. Esta conexión no solo transporta electricidad, sino que también incluye cables de fibra óptica, vitales para las telecomunicaciones.
A pesar de que la teoría establece que la interconexión es bidireccional, en la práctica el flujo de electricidad ha sido mayormente de España hacia Marruecos. Un informe reciente de Red Eléctrica de España muestra que, en 2025, el saldo energético neto fue de 3,743 GWh a favor de España, reflejando la dependencia de Marruecos de su vecino europeo. Aunque algunos rumores sugieren que España podría «apagar» a Marruecos, los datos indican que solo entre un 7% y un 17% de la electricidad consumida en Marruecos proviene de España, ya que el país cuenta con su propio mix energético.
La situación actual resalta la interdependencia energética entre ambos países, pero también invita a reflexionar sobre la importancia de una relación equilibrada. En 2019, se acordó iniciar estudios para un tercer cable que podría fortalecer aún más esta conexión. Mientras tanto, la tensión en las relaciones entre España y Marruecos sigue generando incertidumbre sobre el futuro de este «cordón umbilical» energético y su impacto en la seguridad y desarrollo de ambos países.



